Ochenta años después, los últimos de Normandía recuerdan su sacrificio
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A sus cien años, James Elsner Behrend no olvida un detalle de un día que realmente cambió el curso de la historia. «Lo recuerdo casi todo», asegura. «¿Cómo no? Nunca lo podría olvidar. Recuerdo acercarnos, esperar nuestro turno para desembarcar en la playa ... y luego retirarnos. Algunos aviones nos sobrevolaron y todos comenzaron a disparar. Había millones de vehículos por todas partes. Nunca vi algo semejante».
Este viejo marino, de mirada hoy afable y ojos penetrantes, que precisa de un andador para caminar, dice que era consciente de que la misión de la que formaba parte aquel 6 de junio de 1944 podía cambiar el rumbo de la historia. El objetivo era liberar a Europa del yugo nazi. Como muchos otros compañeros de filas en la Armada, se había alistado después del ataque japonés a Pearl Harbor, Hawai, en el que murieron más de 2.400 personas. «Era el honor de mi vida».
El precio estaba ya siendo alto e iba a ser mayor. Más de 130 soldados americanos murieron cada día de batalla en la II Guerra Mundial. De hecho, 2.500 compañeros de filas de Behrend fallecieron en aquellas mismas playas francesas, tratando de reducir la resistencia de la artillería alemana. Él mismo perdió a varios amigos en aquella costa, y de ellos se acuerda a diario. Y fue herido, con otros seis compañeros. Pero dice que cualquier sacrificio valió la pena para asegurar la libertad y la paz. «Nosotros sabíamos lo que estaba en juego», afirma Behrend, «y sabíamos que nuestras acciones podían significar un futuro mejor para las próximas generaciones en Europa y América».
Los pocos que quedan
Esas generaciones ya recuerdan poco. Son pocos los veteranos de la II Guerra Mundial que quedan vivos. El gobierno federal norteamericano no lleva un censo oficial, pero el Pentágono estima que son menos de 390.000. Otros recuentos reducen la cifra a menos de 100.000. Cuando el jueves se les hizo un homenaje en el monumento de la II Guerra Mundial en Washington, entre el Capitolio, la Casa Blanca y todos los demás edificios del apogeo imperial americano, sólo dos acudieron, entre aplausos y vítores. En total, más de 12 millones de estadounidenses mayores de edad fueron a combate. De ellos, 670.000 murieron. Fueron 670.000 familias rotas, el mayor sacrificio posible para volver a liberar a Europa de sí misma, y poner fin al expansionismo nazi.
Más de 670.000 americanos dieron su vida por liberar a Europa del nazismo tras la entrada de EE.UU. en la II Guerra Mundial
Y aun así, el duelo nunca le pudo al orgullo. A Ronda Elliott aun se le humedecen los ojos al hablar de su padre, el cabo Franklin, alias 'Buddy', que murió a los 23 años en la playa de Omaha, durante el desembarco. «Yo apenas tenía un año cuando murió», dice, «pero todos los días de mi vida he echado de menos a alguien a quien en realidad no conocí». Por lo que otros soldados contaron, su padre era parte de la tripulación de un tanque, cinco personas. Tras dos días sin dormir, desembarcaron tras el cruce del canal de La Mancha, e inmediatamente fueron alcanzados por artillería pesada en la playa. Ayudó a tres compañeros, y tomó cobijo con un sargento durante otras 14 horas. Al salir, pisó una mina y murió en el acto, otro hombre más en la lista de caídos. Pero su tenacidad, su resistencia, contribuyó, sin embargo, a un éxito rotundo sobre el enemigo nazi.



El desembarco de Normandía culminó con éxito al establecer las fuerzas aliadas varias cabezas de playa en la costa francesa, a pesar de la feroz resistencia alemana y las elevadas bajas. Esta operación marcó el inicio de la liberación de Europa occidental del control nazi, permitiendo el avance aliado hacia el interior de Francia y la liberación de París apenas dos meses después. Fue un punto de inflexión crucial en la II Guerra Mundial, debilitando significativamente la capacidad del Ejército alemán de resistir en múltiples frentes. El nazismo sería doblegado en 1945, gracias en parte al sacrificio americano.
Aquel fue el último conflicto que en EE.UU. se considera justo, según reflejan las más recientes encuestas
Fue, a tenor de las encuestas, la última guerra justa. La gran mayoría de los estadounidenses, más de un 70%, cree que EE.UU. tomó la decisión correcta al involucrarse en las dos Guerras Mundiales, según una encuesta de YouGov publicada el miércoles. Las de después —Vietnam, Irak y Afganistán— son ampliamente condenadas. Alrededor de la mitad de encuestados dice que no deberían haber ocurrido. Eso ha provocado desencanto y escepticismo. Se ha perdido la noción de que las alianzas militares son primordiales. A estos veteranos que combatieron en Europa les resulta difícil comprender que tantos votantes y políticos quieran hoy prescindir de la OTAN, por ejemplo, creada tras la II Guerra Mundial para garantizar la seguridad trasatlántica y prevenir futuros conflictos de tal magnitud.
Sólo el martes, dos días antes del aniversario del desembarco, casi medio centenar de republicanos votó en la Cámara de Representantes a favor de reducir drásticamente el presupuesto de la OTAN. El expresidente Donald Trump llegó a plantearse salir de la alianza, llamando a los europeos morosos.
Un judío alemán en la Inteligencia de EE.UU.
Para el coronel Frank Cohn, del Cuerpo de Infantería, el problema es la división que corroe a la nación. «Nuestro país después de la II Guerra Mundial quedó bastante unido. Y es una pena que ahora estemos tan divididos, hasta el punto de que la gente de un partido ha perdido la cortesía con la del otro partido. Creo que todos debemos entender que hay diferencias de opinión, pero que tener diferencias de opinión no significa que el otro sea un enemigo», dice este veterano, que en agosto cumple 99.



Su historia es la de una enorme gratitud. Su familia, alemana y judía, huyó de la persecución nazi. Llegó a Nueva York en 1938, y esperó con impaciencia para poder alistarse. Escuchó por la radio de la caída de Austria, Polonia, Francia. Se enteró del ataque a Pearl Harbor. Seguía las emisiones de Franklin Delano Roosevelt desde la Casa Blanca. Y nada más cumplió los 18, el 2 de agosto de 1943, corrió a un puesto del Ejército en Nueva York. Inmediatamente, lo rechazaron, porque era alemán, y, por tanto, posible enemigo combatiente. Desolado, volvió a casa solo para enterarse unas semanas después que por uno de esos errores burocráticos, ahora le llamaban como recluta a filas. Sin hacer preguntas, se fue a entrenamiento a Fort Benning, Georgia. Allí se naturalizó y fue asignado a infantería.
Desembarcó en Normandía, pero meses después de la victoria aliada. Avanzó a Bélgica y, como hablaba alemán, le asignaron tareas de inteligencia. Y allí llegó su encargo más importante: «Nuestra misión era entrar en las grandes ciudades de Alemania a medida que iban siendo capturadas, y hacíamos expedientes de inteligencia sobre objetivos, incluidos los cuarteles nazis, que eran sitios que podían contener registros que podrían usarse en la persecución de crímenes de guerra. También debíamos capturar a mandos nazis, que después serían juzgados». Así, aquel niño que huyó por los pelos del Holocausto volvió para asegurarse de que el mundo hacía justicia.
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