Listas manchadas de sangre
«En Euskadi se entiende mejor que fuera» que haya 44 exetarras candidatos de Bildu, siete implicados en asesinatos, dice un joven en Munguía. Quizá ese sea el problema; que se normalice que los verdugos sean concejales de sus víctimas
Bildu lleva a 44 condenados de ETA en sus listas, siete de ellos por asesinato

«Ya sé a qué habéis venido... A tocar los coj...». Juan Cruz Jainaga, alcalde de Legutiano -Legutio desde 2010- por EH Bildu se mueve tenso por su despacho. La amabilidad con la que ha franqueado la puerta a dos desconocidos que han ... acudido al Ayuntamiento sin cita previa da paso a una actitud hostil en cuanto conoce la profesión de los forasteros:
-No comulgo con ABC.
-Hace usted muy bien...
-Tampoco comulgo con los periodistas. No voy a hacer declaraciones.
-Solo queremos saber cómo han reaccionado los vecinos a la inclusión de un expreso de ETA (Agustín Muiños, 'Tintín') con delitos de sangre (José Antonio Julián Bayano, dueño de un club asesinado en Vitoria el 26 de noviembre de1983) en la lista electoral de Bildu.
-La Junta Electoral lo ha autorizado, es legal, ¿qué problema hay entonces?
-Por supuesto es legal, pero ¿qué dirían si un partido presentara en sus listas a un violador?
-No es lo mismo, ni mucho menos; aquí había un conflicto político.
-¿Esto no se comenta entre los vecinos?
-No, nada...
El lenguaje no verbal de Juan Cruz Jainaga es una invitación a que los periodistas abandonen su despacho. Lógico, en alguien quien piensa que preguntar es «tocar los coj...».
Etarras y víctimas
La escena se produce a las nueve y cuarto de la mañana del viernes. Legutiano, o Legutio (antes de esos dos nombres tuvo el de Villarreal de Álava) es un pueblo a solo un puñado de kilómetros de Vitoria, que ha tenido una relación estrecha con el terrorismo. Ha sido cuna de etarras -el anterior alcalde, Iñaki López de Bergara, 'Yves', perteneció al aparato de captación de la banda-, y también en 2008 vivió un brutal atentado con coche bomba contra la casa cuartel de la Guardia Civil, en el que murió el agente Juan Manuel Piñuel.
Testigo de lo que fue aquello es una garita, lo único que sigue en pie de aquel cuartel de la Benemérita, y también un jubilado, nacido en Salamanca y vecino desde hace 40 años de esta población, que prefiere no dar su nombre: «Fue un estallido brutal, las ventanas de mi casa saltaron en pedazos», recuerda.
Al contrario que su alcalde, este hombre de barba cana y rostro agrietado, no tiene inconveniente en conversar. «La verdad es que esto de las candidaturas no lo hablamos aquí... Ha pasado mucho tiempo». Repasa sus recuerdos, algunas huelgas de los primeros años de la Transición, los enfrentamientos contra las Fuerzas de Seguridad... «Estuve en la huelga general de marzo de 1976, la que acabó con cinco muertos en Vitoria. Ni yo ni mucha gente lo olvidamos; cada año hay un acto... Por eso digo que han pasado muchas cosas y muchos años... La gente se puede haber arrepentido, son errores de juventud, lo han pagado y ahora pueden hacer lo que quieran».

Desliza también que ha tenido allegados en las Fuerzas de Seguridad, en la Policía y en la Guardia Civil, «gente muy próxima», y es consciente de que lo han pasado muy mal. Transmite, o esa sensación produce, cierta equidistancia. Es como si creyera que para superar el pasado se necesitara el olvido. No es el único en Legutiano que piensa así. Más bien se diría que son la mayoría.
En el portón con candado de la valla metálica que protege el solar donde un día estaba la casa cuartel de la Benemérita, junto a la garita testigo mudo de la brutalidad terrorista, se pueden leer un par de mensajes plastificados. Uno, de la viuda y el hijo de Piñuel, acompañado de una fotografía del guardia; el segundo, anónimo, invita a todos los que pasen por allí a recordar a la víctima. A los pies, una pequeña maceta con flores junto a un tercer mensaje demuestra que también allí hay personas con memoria. Cada domingo, por ejemplo, un vecino va hasta allí a poner flores.
«Entró como buscando a alguien, mi marido estaba a mi lado, sacó una pistola y le dio un tiro en la nuca. Mi marido bajó la cabeza, así, mirándome, y ahí se acabó mi vida y la de él también». El 24 de mayo de 2012 –hace 11 años, por tanto– María Ángeles González Cueto, viuda del guardia civil José Manuel García Fernández, relató así el atentado durante el juicio seguido en la Audiencia Nacional contra sus asesinos. Los hechos ocurrieron el 3 de mayo de 1997 –por tanto, se acaban de cumplir 26 años de aquello– en un bar del puerto de Ciérvana.
Dos de los condenados, Lander Maruri y Asier Uribarri, también nutren las listas municipales de Bildu. El primero, para más escarnio, lo hace en la misma población vizcaína en la que participó en ese crimen atroz, cobarde y brutal. El segundo ha encontrado acomodo en Maruri-Jatabe, a media hora escasa en coche.
«Algo normal»
Cabría pensar que Ciérvana es hoy un pueblo conmocionado por la noticia, o al menos dividido ante ella. Sin embargo, cuando se pregunta a vecinos, las respuestas se parecen demasiado a las recibidas en Legutiano (o Legutio, ahora). Además, hay pocos que quieran mantener esa conversación. «Les conocemos a todos, les veíamos jugar por aquí», dice un hombre entrado en años. «También a sus familias, claro, para nosotros es algo normal».
-¿Hablan entre ustedes de que una persona de su pueblo condenada por un asesinato cometido aquí vaya en una lista electoral?
-No, yo de política no hablo... Esas cosas...
La locuacidad de los minutos anteriores se torna al instante en un rostro serio, amable siempre, pero que deja claro que la conversación discurre por unos derroteros que no son de su agrado. «En este pueblo nos conocemos todos», insiste, quizá como justificación.
En el Ayuntamiento una funcionaria, eficaz y muy amable, envía un mensaje al alcalde (del PNV, estos días de baja) en el que le informa del deseo de ABC de tener una conversación con él, aunque sea por teléfono. Asimismo, asegura que hará llegar la misma petición a un concejal de Bildu que tiene que pasar en cualquier momento por allí. Ni uno ni otro responden. Nadie quiere hablar de ello.

A mediodía, en el batozki de Ciérvana, situado a apenas cinco metros del local en el que fue asesinado el guardia civil, hay pocos parroquianos. ABC pregunta a una camarera si es posible hablar con alguien del partido. Llama a una de las responsables. Trabaja a esas horas, pero se compromete a entrar en contacto cuando acabe. Hasta hoy. «No, yo de esto no hablo; además, esta noche he estado pegando carteles hasta tarde y no soy de este pueblo», se disculpa una camarera.
Aunque el lendakari Íñigo Urkullu y el presidente del PNV, Andoni Ortuzar, hayan criticado la inclusión en las listas de Bildu de expresos de ETA -«es una falta de respeto a las víctimas», dijo el primero-, es evidente que en los pueblos afectados los candidatos nacionalistas prefieren mantenerse al margen. Su silencio se convierte así en un mensaje de tibieza.

El verdugo, candidato por Bildu en Munguía
«¿Qué diría la sociedad si un pederasta estuviera en una lista electoral?»
Mari Mar Negro
Hija de Alberto Negro, asesinado en Lemóniz en 1978
«Como ciudadana debo decir que cada uno puede hacer lo que quiera; como víctima, es una falta de ética». Al otro lado del teléfono, desde Fuengirola, Mari Mar Negro se expresa con voz firme. Es hija de Alberto Negro, trabajador de la central nuclear de Lemóniz que el 17 de marzo de 1978 murió junto a un compañero, Andrés Guerra, al estallar un artefacto explosivo. José Antonio Torre Altonaga, alias 'Medius', que entonces trabajaba como electricista en esa instalación, fue quien dio la información para que se perpetrara el atentado. Hoy se presenta en las listas de Bildu por Munguía.
«¿Qué diría la sociedad si un pederasta estuviera en una lista o fuera director de un colegio?... Muchas veces la gente se rasga las vestiduras y en cambio, ante un caso como este, en el que un terrorista con delitos de sangre se presenta a las elecciones, se dice que ya han cumplido su condena... Es legal, claro; pero también una falta de ética y de moral. Habría que tener medios para que esto no suceda».
«Me duele»
La hija de Alberto Negro cree que «todo esto es indecente, pero hay que tragar... Es triste que haya muchas personas que los voten. Bildu tiene cada vez más fuerza. Me duele porque es una forma de decir que nos olvidemos de lo que ha pasado». Se queja, además, de que se critique a las víctimas por hablar de estos temas: «No sé por qué razón nosotros no podemos decir lo que pensamos; enseguida nos reprochan que el odio nos ciega. Me siento más cómoda porque no hay atentados, pero en el resto todo sigue igual en el País Vasco».
Eva y Maite son hijas de José Tomás Larrañaga, asesinado en Azkoitia la Nochevieja de 1984. Después de dos ataques terroristas –en el primero resultó herido en una pierna y en el segundo sus heridas fueron muy graves–, el padre decidió marcharse del País Vasco y se trasladó con su familia a Logroño: «Para él, peor que los atentados fue el asesinato de su mejor amigo, Ramón Baglietto, el 13 de mayo de 1980. Ese verano empezamos una nueva vida en La Rioja. Después de cuatro años en los que mi padre no cesó de recibir visitas de sus familiares y amigos comenzamos a hacer viajes esporádicos a nuestro pueblo. Fue asesinado el 31 de dieciembre a las nueve de la noche al salir del último bar de 'txikiteo', mientras la familia le esperábamos para cenar». Begoña Uzkudun fue la terrorista que pasó la información a los pistoleros. «Dio el chivatazo y ocultó a los terroristas que mataron a nuestro padre. Fue condenada a cárcel y cumplió su pena como se cumplen en nuestro sistema penitenciario, pocos y mal», explican…

El verdugo, candidato por Bildu en Régil
«Una persona con delitos de sangre no debería ser candidato a nada»
Eva Larrañaga
Hija de Tomás Larrañaga, asesinado por ETA en 1984
«Ahora que está reinsertada para la sociedad, pero no para nuestra familia -continúan las hermanas- se presenta a las elecciones de Régil. Pues bien; nosotras decimos con voz alta y firme que no debemos aceptar que una persona condenada con delitos de sangre, sea terrorista o no, pueda presentarse a ninguna elección ni municipal, ni autonómica ni general ni europea. Begoña podrá llevar la vida privada que le plazca, pero que nunca pueda representar a los ciudadanos».
La exetarra añadió en un medio abertzale otra nota macabra al asegurar que «los presos pueden aportar mucho en el ámbito político y humano; queremos a los presos de nuestro lado, para que aporten. Les queremos cuanto antes en la calle».
«Ampollas»
En Munguía, el pueblo en el que se presenta Torres Altonaga, la tónica es parecida a la de Legutiano y Ciérvana. Ni el PNV, al frente del Ayuntamiento, ni Bildu quieren hablar con este periódico. Sí lo hace un joven de Santurce, que prefiere el anonimato. «Este tema ha levantado algunas ampollas, pero entre los directamente afectados. El resto lo vive con tranquilidad. A nadie le gusta hablar de esto, porque conocemos gente en los dos lados -otra vez la equidistancia-, y ha pasado ya mucho tiempo. A la mayoría de los que acabaron en prisión los trataban desde muy jóvenes, lo mismo que a sus familias, y las ayudaban... La gente quiere pasar página». «Esto de las listas de Bildu se entiende peor fuera de Euskadi que aquí», concluye.
Tiene razón y quizá ese sea el verdadero problema: que en el País Vasco se normalice que individuos que se mancharon las manos de sangre para imponer sus ideas totalitarias acaben en las listas de una coalición, Bildu, presuntamente democrática pero que aún hoy no ha condenado de forma expresa el terrorismo de ETA.
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