HISTORIAS ANTICLIMÁTICAS
¡Por España!
La vocación taurina del nieto de una diputada 'verde' desata un cataclismo en la familia. Un nuevo relato de Karina Sainz Borgo
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Su nieto atravesó el pasillo de tres zancadas. Vestía unos pantalones brinca pozos sellados al vacío, una camisa de puños con gemelos y castellanos sin calcetines. Carmen Arévalo suspiró. Ella, «la primera diputada verde de la Transición», sometida a estos disgustos. Arrancó los ... hierbajos de sus tomates orgánicos. Dejó las tijeras de podar sobre la mesa, se acercó y tiró con fuerza de sus patillas de pelo ralo.
—¡Abuela!—gritó el muchacho.
Arévalo puso cara de santurrona.
—Pensé que era velcro, hijo.
El chico recompuso su aspecto de Morante de la Puebla, el matador de la contracultura madrileña.
—¿Vas a la plaza? —inquirió Carmen con la palita de jardinería en la mano.
Su nieto asintió.
—Es la feria de otoño .
—Pásame esa bolsa —Carmen Arévalo señaló un saco de cáscaras de naranja para compostar.
—¿Y a santo de qué te ha dado por ser torero? —escarbó la tierra húmeda de la maceta.
—Taurino, abuela—suspiró—. Toreros son los matadores.
—¡Matarifes es lo que son! ¿No votarás tú al partido ese de cazadores, no?
—Abuela —alzó los hombros— no tengo edad para votar.
—¡Si tu abuelo del PSC viviera!
Avanzó decidida, dispuesta a evitar una desgracia. O provocarla
El tono de llamada con el pasodoble Amparito Roca interrumpió la refriega. El chico se perdió por el pasillo, con el móvil pegado a la oreja. «Tanto llevarlo a escuchar Mahler…», se lamentó Carmen Arévalo. Ella, que se había encadenado a cuanto árbol se encontrara, que cultivó su propia marihuana e inauguró la escuela de macrobiótica española. Fingió no escuchar a su nieto despedirse y se quedó, a solas, con su materialismo dialéctico. «¡Ferias de otoño!», gritó. Poseída por un espíritu demoníaco, mandó a comprar treinta cucuruchos de patatas fritas y se apostó al día siguiente en la Puerta Grande, justo antes de la primera de abono. Vio pasar a su nieto, disfrazado de señorito. Avanzó decidida, dispuesta a evitar una desgracia. O provocarla.
Carmen Arévalo, la emperatriz de Lavapiés —como alguna vez la llamaron en el congreso—, no temía a nada. Parapetada en sus pintas de vendedora ambulante, avanzó hacia la andanada de forma natural. «¿No es esa Carmen Arévalo, la verde?», escuchó al pasar por una fila. Luego en otra, otra y otra más. «¿No es aquella la presentadora que se metió en política?». Se agarró con fuerza a su canasto y se dirigió al callejón, dispuesta a saltar al ruedo y cargarse la faena. No debió de planificar muy bien su disfraz, porque no hubo abonado que no la reconociera.
—¿Doña Carmen Arévalo?
Un hombre de traje se inclinó, educado, y le tendió la mano.
—Me confunde usted con otra persona —mostró su cesta— ¿Una bolsa de patatas?
Negó con la cabeza.
—El alcalde desea invitarla a mirar la corrida con él, la admira.
La sola idea de sentarse junto al popular José Paleta Paleta le daba urticaria.
—No sea modesta—insistió.
—¡Carmencita! —la ex secretaria de Estado de medio ambiente la saludó desde el palco.
—¡Qué gusto verla apoyar la fiesta! —el alcalde se abrió paso—¡Hace falta una izquierda valiente!
—¡Que yo vendo patatas!
Cuando la banda interpretó los primeros acordes de 'España cañí', la plaza entera tomó asiento. El alcalde le hizo sitio a la ex diputada, con aspavientos de amabilidad.
—Llama al fotógrafo, quiero esto mañana en los medios —susurró a su jefa de Gabinete—. Nos hace parecer plurales. ¡Avisa al concejal de Asuntos taurinos!
Carmen Arévalo sintió subir la presión arterial al ver a su nieto en el burladero del partido ultraconservador.
—¡Una foto, doña Carmen!
El tercero de Cuvillo, un jabonero de 560 kilos, salió de toriles desbocado. Morante, que lo recibió con el capote y una lidia impecable, se acercó a la barrera para ofrecer el toro a la presidenta de la Comunidad, o a la que él pensaba que era la presidenta. «Es un honor brindarle un toro y más en un marco como este. Gracias por su apoyo a la Fiesta, va por usted y por España», lo dijo con la montera en la mano, dirigiéndose a Carmen Arévalo. Su cara fue retransmitida en todos los canales taurinos y, aún a día de hoy, su nieto composta la basura a cambio de que ella lo acompañe a la plaza, escondida tras un abanico que hace las veces de biombo.
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