Spectator in Barcino
El entierro de la sardina (independentista)
Cuarenta años después de aquel «no es esto» tan orteguiano, Lluís Llach es una «gallineta» sin cabeza
El 26 de febrero de 1986 Lluís Llach demandó al presidente del gobierno Felipe González por incumplimiento de promesas electorales. El PSOE tuvo como lema 'OTAN, de entrada, no' y España siguió en el bloque atlántico. La demanda fue desestimada. Llach, el hombre que llevaba ... peluca como Agassi para ocultar su alopecia, blasonó siempre de estar al margen del poder: una mosca cojonera con sus canciones y declaraciones públicas. Las primeras elecciones democráticas y la Constitución no convencieron al hijo del alcalde franquista de Verges: «No és això companys, no és això» («No es esto, compañeros, no es esto») cantaba en 1979.
Cuarenta años después de aquel «no es esto» tan orteguiano, Llach es una «gallineta» sin cabeza; grita «viva la revolución» –en este caso, la independencia– pero con afónico cacareo. La ANC que preside pierde diez mil afiliados de los cuarenta mil que congregó en el clímax del proceso separatista. De poco han servido las pomposas «tesis de agosto» que Julià de Jòdar pergeñó en sus ocios veraniegos. El escritor de la CUP proponía más embates contra el Estado («totalitario» y «colonial», que no falte de nada).
«Procesos de resistencia y rebelión», como la lucha callejera y el control del territorio y las comunicaciones. Todo muy épico si no fuera ya una cáscara vacía. Como Toni Comín, acusado de despistar fondos de las donaciones al Consejo de la República y de acoso laboral y sexual a un asesor de Junts en el Parlamento Europeo que le niega el escaño. No lo denunciaba ningún españolista, sino el rapero Valtonyc. En la memoria, aquellas fotos de 2022 cuando Llach y Comín surcaron el Mediterráneo en velero. Como el proceso secesionista no condujo a la Ítaca que Llach evocaba en su versión canora de Kavafis, para eso estaba con su colega pianista dándose la gran vida de puerto en puerto. Eso sí, advertía Comín en un tuit, con «la convicción insobornable de que un día lleguemos a nuestra Ítaca colectiva». Conmovedor.
Nos preguntamos (como Perales) a qué dedicaba Comín tanto tiempo libre en Bélgica aparte de jalar gofres, aporrear las teclas e insultar a la democracia española. Cuando el escándalo del desvío de fondos empeoró con la denuncia por acoso rijoso, Llach defendió a su compañero de velero. Consiguió que Josep Costa –otro inasequible al desaliento– abandonara la ejecutiva de la ANC «en protesta por la gestión despótica y antirreglamentaria que se está haciendo de la entidad». Costa acusa a Llach de «potinejar» (enmerdar, ensuciar) las ilusiones del independentismo. El «No es esto, compañeros, no es esto», como un bumerán en la frente del cantautor calvo.
Y este miércoles en las elecciones al Consejo de la República, donde Comín pretendía revalidar la presidencia, martillearon el último clavo sobre el ataúd de este cadáver político. Con una participación de un 10% –el Consejo se descompone como la ANC– el pianista solo obtuvo el 9,19 por ciento de votos. Quedó en tercera posición sobre cuatro candidaturas; en el artefacto del Puigdemont puede haber gente más inepta que Comín: el cuarto no llegó al dos por ciento. Conocido el fallo, los perdedores cuestionan la pulcritud de los comicios.
Lo del Consejo coincidió con la ratificación por el Tribunal Supremo de los cuatro años y medio de prisión para Laura Borràs por prevaricación y falsedad documental. «Lawfare de manual», protestaba Turull en su defensa de la presidenta delincuente de la fundación de Junts. Ahora solo cabe esperar que el conseguidor Sánchez pida el indulto. Otro clavo, otro ataúd. Ya en fechas de Carnaval, el independentismo debería celebrar el entierro de la sardina.
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