shambhala
El espíritu de los sábados apacibles
Podemos discrepar, escribir con acidez (...) pero si por encima de todas estas circunstancias no hay un punto de humanidad que nos permita hacernos cargo hasta de nuestros enemigos, el propósito de cualquier inteligencia razonadora será inútil
Artículos de Salvador Sostres en ABC

El sábado –mi amigo Ignasi Barba lo dice– es un día en el que todo el mundo está de muy buen humor. Es agradable salir a pasear por la ciudad con cualquier excusa y sin rumbo cierto. Es lo que hicimos anteayer y un ... poco antes de las 13h llamamos a Gresca por si había sitio en la barra. Tuvimos suerte y llegamos en media hora. Gran alegría. Al cabo de pocos minutos, un poco por casualidad, supe que justo al lado había reservado tres asientos Jaume Giró. Director General de La Caixa, miembro de la candidatura de Joan Laporta, consejero de Economía de la Generalitat de Cataluña, ahora diputado raso de Junts. Fuimos amigos hasta que llegaron las decepciones y yo escribí algunos artículos muy duros.
Podía haberme quedado sentado en mi sitio pero pensé que probablemente iría con su esposa y alguna de sus hijas y que al verme se disgustarían y tensaríamos innecesariamente el sábado. De modo que pedí al restaurante que me cambiara de sitio y enseguida lo hicieron, muy comprensivos con la situación. Ni la señora Giró ni su hija tienen culpa alguna de la opinión que a mí me pueda merecer el modo en que Jaume haya administrado su perfil público. Ni siquiera la tiene el propio Jaume, ni el espíritu de los sábados apacibles.
Podemos discrepar, escribir con acidez, tomar decisiones empresariales y políticas de mayor o menor fortuna, podemos resultar antipáticos o encantadores dependiendo del receptor pero si por encima de todas estas circunstancias no hay un punto de humanidad que nos permita hacernos cargo hasta de nuestros enemigos, el propósito de cualquier inteligencia razonadora será inútil. No sólo no es contradictorio sino que es lo justo escribir los más hirientes artículos sobre alguien que crees que los merece y a la vez tener un gesto amable para que pase su sábado tranquilo junto a su familia. Para mí no fue fácil renunciar a la barra de Gresca, una barra en la que incluso contando mis últimos años de ausencia, soy uno de los que más veces se ha sentado. De hecho, si Jaume va es porque yo le quité de su manía de nuevo rico de sentarse en las mesas y le hice ver la absoluta superioridad de aquel sitio.
Que hubiera reservado en la barra que yo le había enseñado me hizo pensar en el tiempo en que fuimos amigos y lo que luego le escribí. Escribo lo que pienso pero mi forma de entender la escritura altera lo que soy y a veces yo también me descubro leyendo mis artículos. Muchos años de relación amistosa con Jaume, o que por lo menos me pareció amistosa pero luego dudé cuando leí lo que terminé escribiendo. ¿Y si todo fue una farsa y yo el primero, para aprovecharme de sus prebendas? ¿Y si fui un miserable que sólo hice ver que le quise por lo que ofrecía? Recuerdo con gran nitidez cómo escribí los artículos. Fue algo irreversible, eminentísimo, y desde entonces no he tenido ni una sola duda sobre la verdad de lo que expliqué ni la brutalidad con que lo hice. Pero me asusta, lo reconozco. Me asusta el poco margen que a mí mismo me concedo para por lo menos templar lo que dentro de mí ya ha sido escrito. Me da miedo pero al mismo tiempo me permite afirmar que soy un escritor, precisamente porque no puedo evitarme. Luego mi carácter es más el de los sábados tranquilos, el conservador, el de orden, la derecha soy yo; pero cuando escribo no hay otra justificación que el propio artículo y nada más me importa. Como un radical, como un partisano, como una banda de asalto. Antes mis amigos me miraban. Con el tiempo me han entendido o se han cansado de mirar raro.
Estaba contento de haberle cedido mi barra, realmente satisfecho de haberlo hecho, y confieso que algo nostálgico del tiempo en que fuimos. A las 15:56, miré la hora por otro motivo, tuve necesidad de ir al baño y lo vi a lo lejos con su ridícula y ceñida camiseta negra, manga corta, porque cree que a su edad lo que tiene que hacer es ir al gimnasio a hacer musculitos; escuché algunas de sus pobres frases recalcando obviedades que nadie le pueden importar menos y pensé en el daño que ha hecho con su estúpido no saber estar en la realidad, con su ambición desmedida. Pensé en su naturaleza traicionera, en cómo ha defraudado a todos aquellos para los que ha trabajado y cómo todos y cada uno le desprecian pasados los años. No me gustaría tener ninguna escena con él ni hacer pasar un mal rato a su familia, pero me alegré de no verle, de no escucharle, de no tener que cruzar con él ninguna palabra de cortesía ni de descortesía. Es horrible el dolor que personajes como él han causado a Cataluña. Y no por independentistas sino por el modo hienista -de hiena- en que lo han sido. Y no sólo el dolor sino el ridículo que hemos acabado haciendo por su culpa. Siempre oportunistas, siempre al rebote de jugadas que no son las suyas. A mí nunca me ha importado lo que mis amigos piensen ni ha sido determinante para relacionarme con ellos. ¡Sólo faltaría! Pero me desespera este regate corto, y digo corto en el peor sentido de la palabra, esta charlatanería, este obligarme a la violencia de tener que escribir artículos tan duros cuando ya se veía de entrada que de nada servirían todos aquellos trucos, aquel pavonearse chueco, para nada más que para quedar como un cochero y que nunca nadie más pudiera confiar en ti ni en chiste.
Ahí estaba en mi barra, con total impunidad, a cara descubierta, con su patética camiseta, su postureo de pam i pipa. Ahí estaba con su frivolidad, sin haber tenido que pagar por nada, con las vidas de tantas personas a las que ha hecho sufrir con sus pretensiones y sus simulacros y sus mentiras y que dejan tristeza por donde pasan. Y el sábado que me interrumpió y lo que hice por no interrumpir yo el suyo, y lo incómodo que me hizo sentir con mi bondad colaboracionista de apartarme cuando las personas como él tendrían que moverse por la sombra, en antros para desaprensivos y asaltadores, oscuros, y por supuesto correr a esconderse cuando me vieran. Pero los bondadosos, ai los bondadosos, creamos a nuestro alrededor una tiranía que nos somete y nos humilla y acabamos en mesas de una fila y de cara a la pared por no molestar ni a los malhechores. Tendrías que irte tú y sin embargo prefiero que te quedes con tu familia porque no quiero que tu devastación ni siquiera limite conmigo. Supuras el mal y no quiero que ni me roce en el equívoco de una conversación desagradable, de culpa siempre repartida. Te miro en la distancia. Te miro camino del baño pero cuando entro vuelvo a salir para volver a mirarte con ganas de haberme equivocado y de que no seas capaz de ser tan absurdo de ir vestido de aquella manera, ni aquellos brazos musculados tan horteras, tan fuera de lo que eres y representas.
Y el caso es Jaume que pones la burla de ti tan barata que ni podemos usarla, y mira que tenemos argumentos para tu linchamiento, para tu sátira, pero es tan evidente, tan descarnada, que emplear la bondad contigo no tiene ni mérito y es un acto obligatoriamente compasivo, aunque no estoy seguro de si es contigo o con nosotros mismos por no hundirnos en el humillante lío de que alguien nos vea interactuar con ese pobre tonto que se creyó que podía ser Isidro.
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