Rozalén: aquel pueblo al que nunca volveremos
El peor verano de mi vida
Cuando la artista regresa a Letur, el lugar donde nació, sufre pensando en todos los que ya no están. Su infancia, dice, se está muriendo. Por eso ahora le escribe una canción a esa nostalgia
Estrella Morente: Sin poder sacar a la abuela al sol

Precursor de Darwin, el ilustrado alemán Alexander von Humboldt hablaba en su 'Kosmos' de la «invariabilidad de las leyes naturales», contrapuesta a las «mutaciones incesantemente renovadas» que experimenta el mundo que nos rodea. En un arranque poético dentro de ese germen de la teoría de ... la evolución, cita a Schiller para cantar a «el polo inmóvil en la eterna fluctuación de las cosas creadas». Si hubiese conocido a Rozalén, quizás se habría ahorrado bastantes viajes: le bastaba con ir a Letur (Albacete) cada verano y, de paso, conocer a la abuela de la cantante, que tenía su miga. Mujeres potentes, las de esta familia.
Rozalén no puede decir que haya tenido un verano malo, malo de verdad, pero sí que siente una cierta desazón de un tiempo a esta parte. No es que todos sus estíos hayan sido de color de rosa, ojo. Lo de irse de intercambio a Irlanda con 14 años podría haber sido un desastre: «Era la primera vez que salía de casa, que cogía un avión, no tenía ni papa de inglés…», pero se quedó en aventura de las que se recuerdan con cariño. Tampoco fue un buen verano el previo a una separación: «Era como intentar salvar algo que sabes que va a morir». La ruptura, en efecto, llegó en septiembre.
Pero no, ninguno de esos fueron los peores veranos de su vida. A veces, la procesión no va ni por dentro. Simplemente se desliza por las costuras del tiempo. Solamente las puntadas de las parcas, que nos van arrancando a seres queridos, nos advierten de que algo cambia en esa eterna fluctuación. Lo peor del verano es volver a su pueblo, Letur y, en algún momento, darse cuenta de que «ya no están, no están los que formaban parte de mi infancia». Por más que asegura que ahí está «maravillosa, porque amo mi pueblo por encima de todo», le resulta imposible evitar una sensación: «Se me está muriendo mi infancia», y además «va a llegar un momento en el que yo sea la madre, o la abuela, o la mayor».
Todo esto lo piensa sobre todo desde el año pasado, precisamente en el mes de agosto, cuando murió el tío José Manuel, uno los familiares cercanos que quedaba vivos de entre los que protagonizaron aquellos veranos de su infancia, «los momentos donde estábamos toda la familia juntos en casa de la abuela disfrutando». Suerte que nos queda la música: «Ahora, mira, te voy a adelantar una cosa. Estoy escribiendo una canción que que precisamente habla de eso, de la nostalgia de la infancia y de cómo quiero volver no a un dónde sino a un cuándo».
Rozalén empezó a vivir la música de pequeña, en una rondalla, como un juego, como una improvisación. «El solfeo me lo enseñaron más tarde, cuando ya era adolescente», cuenta. A partir de ahí, las letras de sus canciones salen a veces de la tristeza, a veces de cierta rabia contra el mundo, a veces de un arrebato, y a veces fruto de mucho trabajo, como esa 'Agarrarte a la vida', en que trabajó a fondo para abordar un tema tan complejo como el suicidio. Hay, eso sí, un denominador común, «con la sonrisa en la cara, intentando construir» porque «cuando hablas desde el enfado generas rechazo, con caricias se consigue mucho más que con que con balas».
Quizás eso lo aprendió de su abuela. «Era una sabiduría, la de mi abuela, que no era normal, no era de este planeta», dice. Hasta el punto que «yo me llevaba a mis amigos al pueblo, nos reuníamos con ella alrededor del fuego y se pasaban cinco horas como si fueran diez minutos». En Youtube se pueden encontrar algunas de esas conversaciones de Rozalén con su abuela. En la que tienen sobre la canción 'Girasoles', la veterana declara que «no puedo odiar a nadie», y resta importancia al pasado que a menudo tanto nos pesa: «Ya no se puede volver atrás, lo que tenemos, lo tenemos». Quizás pensaba en ella misma, o quizás en su hija, la madre de Rozalén, que en su día tuvo el atrevimiento de casarse con el que había sido el cura de Letur, padre de la cantante. La vida.
Este verano, Rozalén solamente ha dado seis conciertos. Está «currando a saco» en las canciones del álbum que espera sacar a finales de año. Entre canción y canción, aprovecha para conectar con esa naturaleza de leyes inmutables y en cambio constante: «Vivo en una casa de campo y tengo mi huerta, mis árboles, mis plantas; me pierdo en la montaña con mi perrete». Asegura que, este año, está cuidando las tomateras mejor que nunca.
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