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Rajoy, cómodo entre soportales

Mucho antes de que llegara Ayuso con retraso, el expresidente estaba como para debutar en Las Ventas de novillero

Rajoy, en campaña: «Los chisgarabises y zascandiles que circulan, no voy a decir por dónde, no van a conseguir nada»

Campaña Elecciones 28M, en directo: mítines y actos de los candidatos, reacciones y última hora hoy

El expresidente del Gobierno, Mariano Rajoy, junto a la presidenta madrileña, Isabel Díaz Ayuso eFE
Jesús Nieto Jurado

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La del alba darían, que diría el Quijote, nacido por estas calles, y la camioneta del mercado cercano de Alcalá de Henares, a la vuelta del mercado de abastos, hacía como un tapón en la calle Cerrajeros, el chófer que llevaba a los chicos de la prensa daba vueltas y revueltas, curvas y recurvas, para encontrar la plaza de Cervantes. Era Alcalá de Henares, y antes, mucho antes de que llegara Ayuso con retraso, Rajoy estaba como para debutar en Las Ventas de novillero. Fino.

Rajoy es hombre de casino, y en una ciudad pequeña, histórica, como puede ser un Santiago, andaba pegando la hebra con Judith Piqué. Detrás, cotilleaban, a medio metro, Pili, 74 años, abrigo de entretiempo que era de Rajoy sin serlo. «No le doy un beso por la barba, y porque es muy alto». Lo decía con fuerza, con algo de mantenerle al Sansón galaico la fuerza. La fuerza con la que hablaba, como uno más, en el cruce entre la calle de Cerrajeros y la plaza de Cervantes. Era esa esquina una casa del viento, y la policía mantenía el cordón al expresidente sin mantenerlo. Por arriba, pasaban cigüeñas ajenas al trajín de la campaña. Por abajo, el equipo de Ayuso intentando corregir el follón de tráfico, «las rotondas», de las que hablaba la candidata, Judith Piqué.

Mariano Rajoy Brey, ajeno a Pilar, con los policías tranquilos de su tranquilidad (sic), miraban la hora a la que llegaría Ayuso, la tercera de la terna. De cerca es alto, bicolor, conversador y eso. Ya de largo, irá escrito en esta crónica.

La cuestión es que en la plaza de Cervantes, las cigüeñas sobrevolaban al gentío. Que cuando la candidata municipal subió al estrado, un grupo cervantino hacía, sin interferir en frecuencias microfónicas, piezas cervantinas. Del Siglo de Oro. Antes, Ayuso proclamó entre vecinos y espontáneos eso de que «a por ellos, irán los otros». Se detuvo con una pareja de ancianos que le solicitaron algo, y los escuchó. Sólo les dijo un «vamos tarde» al equipo de los suyos.

Aunque hay que centrar el tiro en Mariano Rajoy, feliz de ver un soportal. Con esas frases que son como cuchillos cizañeros. Aparte de lo municipal, Rajoy fue Rajoy, con la microfonía sin adaptar. Edison y sus colegas fumaban, claro que sí, bajo los soportales. «Yo distingo al Rajoy persona del Rajoy político». Y eso que Rajoy llamó «engendro» al Frankenstein. Y se fueron por tabaco.

Seguían pasando cigüeñas, bodas, comuniones. «Hoy el PP tiene fiesta aquí», decían padres de niños de Comunión, tan sonrosados, tan amables, tan en patinete, que se diría todo de algodón. La alcaldesa bebía su agua, con su composición en el envase.

Pasó que habló Rajoy. Alcalá de Henares tembló, la misma cigüeña daba vueltas y vueltas sin que su vuelo dijera nada, 'mitinaba' Mariano, y otros con alma de centroeuropeos, seguían esa ruta cervantina.

Ayuso habló, pidió médicos. Y todo era ya un discurso de la presidenta interrumpidos por unas campanas que no eran las de Alsasua. Sonaron cohetes y felicitó al personal. No es lo mismo un balcón que un bodorrio, pero algo hay en común.

No pude ver la foto final, la íntima, de Ayuso y Mariano. Había demasiada maquinaria. Ayuso vino donde nació Cervantes con algo de 'Chiquita Piconera' con retraso que luego se arregló. Rajoy volvió a provincias. Lucía confío que era 'complutense', y 'ayusista', pero no del equipo consistorial. En la cafetería A'may tenían una porra sobre quién se haría con la alcaldía. A veinte metros del consistorio.

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