Crítica de 'Escape' (****): Conmovedora, genial y divertida fábula sobre el entrar para salir
«Todo es impresionante, excepcional, innovador, 'jardieliano', y en un tono a lo 'Tono', Antonio Lara, de parranda con Neville y con la sorna de Gómez de la Serna»
Mario Casas, en manos de Rodrigo Cortés: «El actor tiende a protegerse, pero en 'Escape' no estás a salvo de nada»

Todo es impresionante, excepcional, innovador, 'jardieliano', y en un tono a lo 'Tono', Antonio Lara, de parranda con Neville y con la sorna de Gómez de la Serna. Todo, desde el mismo instante que comienza, con un hombre que avisa a la policía de un ... atraco que va a dar él mismo y que, cuando llega, grita 'Arrésteme'; desde los mismos títulos de crédito, que impactan por su ruptura de colores, formas y por el tratamiento psicótico del 'Así habló Zaratustra', de Strauss y un poco también de '2001', aunque lo que más impacta es ver en ellos el cartel de 'Producida por Martin Scorsese'. Se titula 'Escape' y la ha escrito y dirigido Rodrigo Cortés, un tipo que solo hace películas (y libros) excelentes, insólitas, innovadoras, de una creatividad técnica y argumental que es imposible encontrarle parangón a muchos miles de millas a la redonda.
El estilo, o su efecto, del cine de Cortés podría resumirse en una expresión tonta pero certera muy utilizada hoy, que es 'te explota la cabeza'. Se entra a una película suya, da igual 'Concursante', que 'Buried' (Enterrado), que 'El amor en su lugar' o que esta misma que se estrena y al momento la cabeza hace 'boooom', se pierde contacto con lo habitual, lo vulgar, lo rutinario y te obliga a hacer pie en un fino cable de ingenio, ironía, sarcasmo, provocación, humor satírico y todo ello enfundado en una seriedad de ida y vuelta: de ida te ríes y de vuelta llega la congoja, el desconsuelo. Y leído Rodrigo Cortés, su novela 'Los años extraordinarios', sus 'Cuentos telúricos' o el día a día de su 'Verbolario', el efecto 'boooom' es el mismo, y la risa de ida y la seriedad de vuelta… Uno ya no sabe si el talento del escritor invita, influye, impulsa el talento del cineasta, o si, al contrario, es el cineasta quien cañonea de 'universo' al escritor.
Es la historia de un hombre cargado de trauma y culpa por la muerte en accidente de coche de su mujer embarazada; un hombre apenas sin nombre, 'N', y que además le sobra, con la pretensión de que lo encierren en una cárcel y el mundo se olvide de él: entrar para salir. Cosa nada fácil, pues sus tercas maniobras para que lo metan en la cárcel tropiezan con una galería de personajes que desordenan la lógica como un estrambote: el juez que interpreta José Sacristán (imposible, inenarrable, magistral, descacharrante), el psicólogo Guillermo Toledo o el cura Josep Maria Pou, con escenas que se baten en duelo con el absurdo y con gracia explosiva; su propia hermana, un papel que Anna Castillo convierte en una delicia de cariño, gresca y gritos entre la hilaridad de frases, respuestas y mundo al revés: entrar hacia afuera.
Y de eso es de lo que habla esta película, del mundo al revés, de hacer un túnel para entrar en prisión, de querer escapar para que no te obliguen a salir, de ser olvidado para poder recordar tu pena, de la decisión tozuda de no decidir nunca más… Para entender a 'N' hay que comprender también el trabajo homérico que hace el actor, Mario Casas, con sus 'tics', su cabeza a pájaros, su cara de buena persona, su manera de infectar la pantalla de dolor mientras que el mundo ríe y se impregna a la vez de la pena, el cariño y una cierta inclinación hacia el chalado, el pelmazo. Un ejemplo, su escena en el Registro Civil con una funcionaria que lo soporta en la grotesca intención de que le borre el nombre, y ella, seria, graciosísima, lo despide diciendo que el papeleo lo podría haber hecho desde casa, 'pero yo -dice- me habría perdido este ratito…, y el de contarlo ahora, cuando se vaya'.
Hay, en la película, un largo tramo carcelario, en el que el choque de la honda locura de 'N' con el colorido de ambiente y personal, con el majareta alcaide, la siniestra doctora, con su compañero de celda, Julián, que canta por Antonio Molina y porque sí, procura un inesperado y descorazonador divertimento gracias a la mirada soñadora (quizá mejor, surrealista: ¡la magnífica jota de Mario Casas con su mujer de Zaragoza y con pegada a lo tragedia grotesca de Arniches!) del director y al buen aderezo actoral, Juanjo Puigcorbé, Blanca Portillo, José García y demás banda increíble de reclusos, como el increíble gigante que siempre niega para aceptar.
Hay secuencias de potente ingenio visual y hay, sobre todo, un texto magnífico, unos diálogos brillantes, rápidos, certeros, con la punta mojada en la tinta del mejor humor español del pasado siglo y tal vez del próximo, tan absurdo, tan profundo, y que esparce incógnitas que no son fáciles de resolver ni siquiera en varios visionados, como la alianza de esta historia con los siete enanitos de Blancanieves, que así se estructura en sus capítulos. Quizás sea eso, un cuento, con una princesa muerta y un príncipe loco que se cree una rana con un escorpión en la espalda.
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